Mi ángel y mi estrella. Como un sueño que termina con el despertar, te fuiste, arrancando aquellos momentos que viví junto a ti. Me di cuenta de que ya jamás volveríamos a soplar aquellos dientes de león que tanto gustaban a mi pequeño yo infantil, que aquellas tartas de manzana domingueras se quedarían en una mezcla de huevo y harina, que el paso del tiempo se detendría en un sonar de campanas y que aquel pueblecito gallego se vaciaría por momentos. Y ahora, leyendo despacito aquella carta que con mano temblorosa un día me escribiste, me acuerdo quizá de las pocas veces que te dije que te quiero. Sin embargo me alegro al saber que ahora puedo decírtelo sin reparo, que ahora puedes ser feliz, que los ángeles se alegrarán de tenerte a tu lado y yo de tenerte junto a mí. Gracias mi ángel. Gracias tía.

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